pincho de tortilla y caña
Intriga
¿Van de farol los independentistas? Yo arriesgo una respuesta: no, van en serio
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Los últimos acontecimientos pueden hacernos creer que la investidura de Sánchez se ha convertido en una novela de intriga. Hasta ahora todo parecía transcurrir de acuerdo a una lógica narrativa simplona en la que las ambiciones de unos y otros daban sentido al enredo. El ... trueque estaba claro: cuatro años más de poder a cambio de una ley de amnistía. Todo iba bien. Los socialistas ya no se acaloraban cuando el recuerdo de su postura tradicional («la amnistía no cabe en la Constitución») les enfrentaba a su felonía. Habían conseguido adaptarse sin mayores complicaciones a un nuevo ecosistema político donde las exigencias morales brillan por su ausencia. Han convertido el respeto por uno mismo, la fidelidad a la palabra dada, la dignidad personal, la autoestima, la sujeción a los compromisos adquiridos o la coherencia programática en reminiscencias obsoletas de una manera arcaica de entender la vida pública. Así que superado el rubor por el reproche de la hemeroteca todo seguía según lo previsto.
Aunque la consigna era no pronunciar la palabra maldita (tampoco Zapatero permitió que se utilizara la palabra 'crisis' en los peores momentos de 2008, como si ocultar un sintagma sirviera para camuflar la realidad), los negociadores de ambas partes seguían trabajando para alumbrar un acuerdo que la sociedad entera, en algunos casos con consternación y en otros con indiferencia, daba por seguro. Todos creíamos que el bacalao estaba vendido cuando, ¡alehop!, los independentistas catalanes, todos a una a pesar de sus rencillas, sacaron de su chistera el conejo de una resolución parlamentaria comprometiéndose a no apoyar la investidura de Sánchez si éste no se plegaba a añadir a la amnistía el pago de un referéndum. Al PSOE se le pusieron los pelos como escarpias. El susto no fue fingido. No esperaban ese giro argumental a estas alturas del partido. Y la mayoría de los analistas políticos, tampoco.
La pregunta, una semana después, sigue siendo la misma: ¿van de farol? Yo arriesgo una respuesta: no, van en serio. La gran paradoja es que a ellos (a los 'indepes', quiero decir), a pesar de que en el imaginario de la mayoría social encarnan el papel de malos de la película, sí que les importa preservar su dignidad cumpliendo lo que prometen. No olvidemos que convocaron dos referendos y consumaron una declaración unilateral de independencia que metió a algunos en la cárcel y a otros en el maletero de su coche. Frente a quienes sostienen que el órdago que han puesto sobre la mesa no es más que una añagaza negociadora, un postureo táctico para contentar a sus electores en estos días de tanto aniversario golpista, mi pincho de tortilla y caña de esta semana va por lo contrario.
La intriga de la que hablaba al inicio no tiene que ver con la actitud de Junqueras o Puigdemont, sino con la de Sánchez. Tengo claro que los políticos catalanes no bajarán el precio, pero no estoy tan seguro de que el presidente del Gobierno se niegue a pagarlo. Él dice que no lo hará y eso es lo que más me aterra. ¿Cuándo fue la última vez que cumplió su palabra?
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